dijous, 13 d’octubre de 2011

45 r.p.m.

Hace unos años nos quejábamos del ritmo acelerado de la vida en las grandes ciudades. Y para equilibrar íbamos a pasar los domingos al campo primero, buscábamos una segunda residencia después o acabamos muchos por trasladarnos definitivamente a vivir fuera de las grandes urbes. “Huyendo del stress”, decíamos; “buscando un modo más humano de vivir”, “un entorno menos hostil para nuestros hijos”, “calidad de vida”, “regreso a la naturaleza”.
 Recuerdo a los que no instalaban teléfono o se quitaban el reloj nada más llegar… “para desconectar”. E intentamos engañarnos. Y quisimos creer que queríamos armonizar con la naturaleza cuando sólo queríamos pervertirla –como siempre-.
Y fuimos urbanizando bosques, convirtiendo caminos en carreteras, haciendo llegar líneas telefónicas… el progreso, vaya.
Y llegó la revolución tecnológica y la importamos también. Y ya tenemos el ritmo de las ciudades instalado en el campo (campo?). Y ese cambio de revoluciones por minuto que trae consigo:  Adiós a tomarnos nuestro tiempo. Adiós a meditar. Todo corre prisa. Para luego es tarde. Necesito informarme ya. Tengo que opinar ahora. Actuar. No hay distancias. No hay límites. No hay tiempo...
Quizá los motores de las nuevas generaciones vengan ya adaptados de serie. Pero a los que nos ha pillado en el cambio, nos ha hecho pasar de vueltas. Si lo trasladamos al antiguo mundo del vinilo, parecemos un L.P. girando a 45 rpm. Esperpénticos, vaya... Yo al menos.

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