divendres, 14 d’octubre de 2011

Caminata irreal

Hoy desperté con Mozart y acabé dejando que algún solo de piano acompañara mi ir i venir entre plumero y plancha. Oía de fondo la sierra con la que mi padre se deshace pedazo a pedazo de la palmera del jardín. Una palmera que plantó mi abuela hace más de treinta años y que algo que ahora sé que se llama picudo ha carcomido en pocos meses. Cuando salí, la imagen de mi padre sierra tipo matanza de texas en mano y las perras persiguiendo a esas cosas entre las hojas caídas ya daba una imagen ciertamente irreal a la mañana.



Como buena cobarde incapaz de enfrentarme a esos insectos, me calcé las bambas y metí cámara, cuaderno, lápiz, agua y tiritas en la mochila.



Y a caminar... con el piano aún en la memoria y los gusanos en la retina. Empiezo a buen ritmo, para deshacerme de la visión molesta y veo sin mirar lejos; escudriño lo cercano y me adentro... en mis adentros. Es una gozada no cansarse y poder respirar hondo. Y camino, y veo, y huelo, y pienso... no, siento más bien.

Y disparo...



Y disparo...



Y disparo...




Y me interno... en mí. Y sigo con el piano de fondo. Y disparo...



Camino interior, disparo, piano... disparo...



Y, en ese paisaje en el que no parece haber nadie, me hechizo observando una actividad febril



Y, absorta en su ir y venir, sigo con el piano de fondo... pero ya no es en mi interior... las notas llegan de ahí afuera... y las sigo y me llevan hacia una casa que parece sacada de algún sueño... toda azul, azul por todas partes...



La casa azul. El color de mis sueños. En un entorno por el que he pasado cientos de veces sin verla. Y con alguien dentro. Alguien haciendo ejercicios de piano. Alguien que me obsequia con unas notas claras y mágicas desde una casa mágica y azul...





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