dilluns, 19 de desembre de 2011

Todos los besos



    Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
    Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua. (Julio Cortázar)

Mejor y -en este caso- nunca mejor dicho, oírlo de los labios del propio Cortázar.



Y, como siempre que cualquier virus u otro altercado me tiene sujeta a la cama, la mente se envuelve en neblinas y sueña. Y, entre sueño y ensueño... veo cosas en la pantalla que no sé si son realidad contagiada de sueño o sueño contagiado de realidad. Por si acaso, lo capturo aquí, porque me ha parecido prometedor. Aunque nadie me asegura que no esté soñando que capturo un sueño...




¿De dónde vienen los besos? ¿Cómo se cocina un beso?¿Sabías que hay una máquina expendedora de besos? ¿Y un árbol del que, bajo el hechizo del Hada Inconstante, los besos brotan incontenibles? ¿O que cuanto menos ruidose haga al pedir un beso, mayores son las posibilidades de obtenerlo? ¿Conoces la diferencia entre un beso tímido, un beso margarita y un beso secreto? ¿Te medirías latemperatura con un beso termómetro? ¿Has oído hablar de la Colección de Besos de la Bella Durmiente? ¿Y del beso prohibido de Lancelot y Ginebra? ¿Estás listo para identificar alguno de los besos-de-los-que-es-preferible-huir… y salir corriendo? ¿Dominas la técnica para lograr el beso perfecto? ¿Tus besos son del tipo Besucona, Perfeccionista, Cariñosa o Hada Malvada?

Todo eso, y la verdadera historia de muchos besos, besucones y besados, nos cuenta David Aceituno, en una colección de besos mágicos que despiertan princesas, besos que hechizan y rompen hechizos, besos que llevan veneno a los labios, besos que duran tres días, besos de patio de colegio, de cuarto trasero y de tarde de verano, besos que fueron y otros que nunca llegaron a ser, besos que se lanzaron y cambiaron las normas, porque, como dejó escrito Octavio Paz, «un mundo nace cuando dos se besan».


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Hasta la fecha, probablemente una de las descripciones más hermosas sobre besos era la que Julio Cortázar incluyó en su gran novela Rayuela (capítulo 7). Y digo, hasta la fecha, porque después de conocer el libro Besos que fueron y no fueron, uno queda absolutamente maravillado por la combinación de originalidad e ingenio de David Aceituno y Roger Olmos. 
Los autores han conseguido elaborar un auténtico tratado sobre los besos y sus diferentes tipologías. Para hacerlo, frecuentemente recurren a fuentes literarias que ya conocemos, como el beso que Wendy escondía en la comisura derecha del labio y que nunca le dio a Peter Pan, los verdaderos motivos que tenía la Bruja Malvada para hechizar a la Bella Durmiente, un final alternativo y paradisíaco para Romeo y Julieta, el beso escrito de Cyrano de Bergerac, el beso paciente que se dieron Ulises y Penélope tras una larga espera, el  beso delicado que el Principito dio a la rosa más bella de su jardín o el beso prohibido entre Ginebra y Lancelot.



Entre los personajes ficticios está Madame Bechamel, una experta cocinera de besos / Imagen cedida por la editorial Lumen

Sin embargo, también hay otras historias que han sido inventadas expresamente para este libro, y que, desde el mismo momento en el que las conocemos, pasan a ser inolvidables: el beso más largo del mundo (que fue testigo de todo el proceso de construcción de la Torre Eiffel), los besos de las sirenas (que como las lágrimas, saben a sal), el beso que se dan los cocodrilos (como los mejores besos humanos: de frente y a ciegas),  el de la tía Emilia (aquellos que hacen mucho ruido y te aprietan las mejillas) o el beso termómetro (el que usan las mamás para comprobar si tenemos fiebre).



El beso más largo del mundo fue testigo de todo el proceso de construcción de la Torre Eiffel / Imagen cedida por Lumen

Besos que fueron y no fueron (Lumen) es un excelente regalo para todos los sentidos, pues pocas veces he sido testigo de una unión tan perfecta y armónica entre texto e ilustración. Olmos logra enamorarnos desde el primer momento, ofreciéndonos un universo propio a caballo entre lo onírico y lo mágico, pero siempre con mucho encanto. Por su parte, Aceituno consigue crear unas reflexiones de lo más poéticas, como por ejemplo las últimas líneas del capítulo sobre Madame Bechamel, experta cocinera de besos:  “Y para engañar al corazón cuando hay hambre, se permite picotear de la memoria los besos que alguna vez fueron y de la imaginación los besos que serán (o tal vez no)”. Un libro absolutamente cautivador que nos recuerda una gran verdad: en materia de besos, la teoría es ineficaz, así que sólo nos queda el consuelo de la práctica.
Patricia Tena


Y, a todo esto... besos

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